Tribuna de Jaime Sanabria, socio de ECIJA en Puerto Rico para El Noticel. 

Se podría definir “cisma” como una ruptura abrupta, entre el antes y el después, desde la perspectiva del ahora. Y, aunque el término se suele vincular con lo religioso, lo utilizo para enmarcar lo que de cisma ha supuesto una pandemia que todavía se resiste a convertirse en residual.

Aunque la humanidad ha regresado a las calles, a las fábricas, a los parques, a las tiendas, a los centros comerciales, a los estadios, a las macrofiestas, desde hace ya muchos meses, resiste un poso de transformación en los ecosistemas cotidianos. Sin atribuirle origen divino, la pandemia debiese representar una señal, una encrucijada para afrontar la nueva era surgida que consolida el término Antropoceno como inherente a este presente exponencialmente evolutivo, con el humano como medida, excesiva, de todas las cosas, como un nuevo Renacimiento, o como una nueva Revolución, pero con la argamasa de la tecnología para entrelazar los millones de nodos que componen una civilización.

La pandemia ha producido consecuencias inimaginables hace tan solo dos años, incluso hace solo uno; movimientos sociales, culturales, laborales y económicos novedosos, que se han originado a la estela de un enemigo invisible más allá de los microscopios. Una de esas corrientes se manifiesta en el trabajo, descrito por aquel verso bíblico como “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, y que es imprescindible para sobrevivir en un planeta capitalista que ha antepuesto el tener al ser, el yo al ellos, el dólar a las puestas de sol, y exige el sacrificio de una cuota de felicidad potencial para atender a las servidumbres que el progreso exige abonar cada fin de mes en forma de facturas.

Uno de esos movimientos, espontáneo, coordinado sin premeditación por millones de asalariados en Estados Unidos y también en Puerto Rico, ha sido bautizado por Antoni Klotz, un psicólogo y profesor de la Universidad de Texas, como “La Gran Renuncia”, consistente en un abandono voluntario de sus actuales puestos de trabajo de esos aludidos millones de trabajadores que, a juzgar por su decisión, habían llegado a un punto emocional de no retorno durante la pandemia y pospandemia.

Ese querer explorar otras oportunidades, ese desistimiento de ocupar un puesto de trabajo sin perspectiva de progreso, sin atisbos de mejora salarial, personal, profesional, ese mero sobrevivir sin expectativas, ha supuesto el detonante para esa gran migración laboral que, paradójicamente, no busca otras geografías para asentarse, sino que persigue colmar los propios entresijos individuales con un trabajo más reparador, más humanizado, más cuantificable en bienestar personal. Los desertores laborales no solo muestran signos palmarios de hartazgo y fracaso, sino que exigen, mancomunadamente, un cambio de visión empresarial, una racionalización del teletrabajo en aquellas industrias que puedan implementarlo, una conciliación y balance tangible entre sus vidas personales, familiares y laborales. Pero ese camino entraña igualmente frustraciones porque las entidades con apertura para esas nuevas modalidades son escasas y los otros entes empresariales más tradicionales, precisamente por consabidos, no invitan a apostar por ellos.

Entroncando con lo anterior, con la necesidad evolutiva de adecuar las leyes laborales al nuevo entorno pospandémico, se está debatiendo, con escasa concordia, como suele ser habitual en nuestra isla, el Proyecto de Ley de Reforma Laboral de Puerto Rico. Entre el trasiego de propuestas y revisiones entre la Cámara de Representantes y el Senado, las desavenencias entre las partes, los desencuentros para fijar el valor de las horas extras, las horas mínimas necesarias para percibir el Bono de Navidad, la reducción o no de horas específicas en que la jornada completa sea pagada como tiempo extra, los desacuerdos para establecer el periodo probatorio y la exención de las microempresas y pequeños y medianos comerciantes de acogerse al nuevo orden resultante de la potencial reforma, como algunos de los puntos relevantes de fricción, lo que se planteaba como una adecuación de la normativa laboral puertorriqueña, al presente, corre el riesgo de convertirse, nuevamente, en un esfuerzo fútil.

Puerto Rico se ha convertido en un exportador de boricuas que buscan bien una empresa del paraíso o, sencillamente, un nuevo hábitat profesional en el que echar raíces secundarias, porque las propias nunca se abandonan. El resultado de las guerras suele ser proporcional a la demografía de los bandos; cuantos más efectivos en un ejército, más posibilidades de victoria. La despoblación es el camino antagónico no ya a la prosperidad, sino siquiera a la supervivencia y se requiere retener a los nuestros, bien sean talentosos, bien como infantería, para rearmar un territorio que aspira a país porque tiene, tenemos sobrado fuste para erigirnos como nosotros mismos. Se necesita una fuerza laboral de choque para restaurar los índices de prosperidad y quienes mejor que nosotros para alimentarla.

A la vista de las concesiones a las que se van a ver obligados unos y otros, representantes y senadores, conservadores y progresistas, empresarios y trabajadores, la Reforma laboral va a quedar en una mera pirotecnia, efectista pero sin calado, sin promover el avance, la transformación que la depauperación económico-socio-laboral de Puerto Rico necesita.

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